Navegando con mar gruesa.
El extraño día, que no acababa de definirse, terminó
por aborrascarse. Espectaculares formaciones nubosas, compuestas por enormes
cumulonimbos, se fueron compactando hasta formar un todo único, de un blanco
resplandeciente y que a medida que el sol se ocultaba tras la línea del
horizonte, se tornaba gris plomizo, con destellos anaranjados y tenues
pinceladas malva sobre mi cabeza.
En el
acantilado de perfecta verticalidad, centenares de gaviotas permanecían
posadas sobre los afilados salientes rocosos enfrentando sus picos al viento,
mientras que otras, planeando en la corriente dinámica, flotaban a veces
completamente quietas. Algunas aves, dejándose transportar en la invisible
carretera aérea, a velocidad de vértigo y compitiendo con los silbidos del viento,
lanzaban sus estridentes griteríos en
una espectacular sinfonía natural.
Todo apuntaba a que una fenomenal tormenta, presagio
de una mar arbolada y consejera de
permanecer al abrigo del puerto, me estuviera dejando clara su intención como
intento de freno a mi osadía.
De todas formas, mi determinación era firme y
aprovecharía precisamente ese momento para hacerme a la mar, pues de la cercana
almadraba, era posible que merced a la tormenta, pudiera fugarse alguno de los
atunes de los que con cerca de doscientos kilos, ya estaban próximos a su
“recolección”.
El carrete con sedal de kevlar del 70-100/100, se
encontraba dispuesto en el curricán para enganchar en su anzuelo del nueve
recién empatillado, una de las hermosas caballas que todavía coleteaban vivas
en el depósito de la bañera y que serían un manjar irresistible para esos
auténticos torpedos vivos y compactos, que son los atunes rojos.
El fondo donde reposaba el muerto se fue
enturbiando, cubriéndose de una especie de niebla submarina, como si una masa
de mucílago hubiera colonizado la escasa profundidad tapizada de posidonia.
Deshaciendo el ahorcaperros que me sujetaba a la boya
que flotaba en el pequeño puerto, y tras soltar la estacha del herrumbroso
noray, quedé momentáneamente a la
deriva.
El motor tosía en su bancada como un viejo asmático,
haciendo vibrar el líquido acumulado en la sentina en un estertor nervioso,
mientras que por el escape lanzaba a rítmicos golpeteos, esputos de humo gris. El agua de la
refrigeración también salía a trompicones por el tubo de drenaje de la banda de
estribor, acompasando su “glo, glo, glo”, con el traqueteo a bajas revoluciones
del veterano Perkins de cuatro mil centímetros cúbicos.
El creciente oleaje comenzó a abofetear la nave por
su amura de babor, haciéndola cabecear como un potro encabritado y arrancando
gruñidos de las defensas de goma en su magreo no consentido contra el cantil.
Bajo la protección de la pequeña cabina veía mi rostro
reflejado en el tablero de instrumentos. Mirando más allá de mi propio reflejo
superpuesto, los relojes me indicaban
que el tanque estaba lleno de gasóleo, que el motor giraba a ochocientas
revoluciones y que la sonda estaba presta a reflejar en su gráfico gris, el
perfil orográfico del fondo, así como la profundidad hasta el mismo.
La radio UHF mostraba con su piloto verde que estaba
encendida, y sujeta con unos imanes sobre un panel metálico, Esperanza me
miraba desde la foto en la que sostenía a nuestro pequeño Juanito.
Oliendo a tabaco y a anís seco, Chipirón, mi viejo
camarada, saltó a bordo con una agilidad envidiable para su ya veterano
esqueleto. Su huesuda y áspera mano, acostumbrada a los más rudos trabajos,
zarandeó la mía como si fuera la de un niño, dándome a continuación un par de
cariñosos cachetes en el omóplato y un ligero apretón en la clavícula.
Girando avante un cuarto, el motor subió de
revoluciones y nos fuimos despegando del cantil antes de que una ola de más
respeto, nos hiciera golpear en el cemento con la borda.
Buscando lo antes posible navegar a proa al viento,
con una rápida ceñida, la embarcación comenzó a abrirse paso sobre la oscura
masa de agua en movimiento, mientras un fiero mistral hacía vibrar las drizas y
la antena, arrancándole agudos lamentos, como de arpa destemplada.
Con una derrota difícil de seguir, decidí guiarme
por las referencias que desde siempre vengo usando, teniendo muy en cuenta los
peligrosos bajíos claramente señalizados por unas balizas que parecían danzar
zarandeadas por diabólicos seres marinos.
Con un peso de lastre escaso, el barco de doce
metros parecía una simple brizna de paja a merced de las olas. No obstante,
Chipirón, con el gorro de lana calado hasta las orejas, fumaba indolente a la
caña mientras con sus ojos grises y sabios clavados en el horizonte, no
mostraba ni un atisbo de temor en sus firmes y sarmentosas manos.
Una imagen de la Virgen del Carmen que buscaba
permanecer estable, oscilaba colgada de un gancho como si fuera el trapecio de
un suicida. Chipirón la estibó para evitar el zarandeo irrespetuoso,
sujetándola con un cordel al tirador de una escotilla al tiempo que se
santiguaba tres veces seguidas, como cada vez que salía a la mar desde hacía
más de sesenta años.
Nada más salir del abrigo del espigón por el que
brincaba rabiosa la espuma, el barco pegó un salto y en su cabeceo hocicó,
hincando la proa hasta dejar la hélice girando al aire. La panza golpeó con un
sordo chapoteo al tiempo que una ola barría la cubierta, regresando de nuevo al
mar tras deslizarse atropelladamente por los imbornales.
Sujetándome con una línea de vida al arnés, me
apresuré a cerrar la portezuela de una lumbrera de proa que en un golpe de mar,
y por estar seguramente mal cerrada, había embarcado unos buenos litros de
agua, haciendo que la bomba de achique se pusiera en marcha de forma
automática.
A un par de millas de la costa la navegación ya se
hizo algo más cómoda. Así, negociando olas en una sucesión inacabable, nos
fuimos acercando a las instalaciones flotantes de la granja de atunes más
productiva del Mediterráneo.
El volumen de agua que sobrepasaba la obra muerta ya
era menor, lo que indicaba que quizá, el mar nos fuera a dar una tregua.
La pesca quedó en suspenso, pues al doblar el cabo,
impresionante en su blancura apareció a unas pocas millas, nada más y nada
menos que la silueta inconfundible del buque escuela de la Armada Española, el
hermoso velero, Juan Sebastián Elcano.
Encaramados a las vergas como si fueran avezados
equilibristas, los guardiamarinas se afanaban, curtiéndose en la brega de
sujetar escotas, trincar drizas y amarrar cabos, siguiendo las órdenes que
desde cubierta y con el chife, ejecutaba el contramaestre.
En un decir “Jesús”, el barco, impulsado por el
caballaje que imprime Eolo a sus veinte velas desplegadas y ganando barlovento
se fue haciendo pequeño a nuestra vista en una escora de ángulo sorprendente
ante el ataque del mistral, dejando tras de sí un blanco y efímero camino de
espuma.
Chipirón y yo nos miramos y nos sentimos pequeños,
diminutos en nuestro pequeño pesquero. También nos sentimos orgullosos por
nuestros marinos, por esos jóvenes cadetes que en poco tiempo, surcarán los
mares con sus galones de alférez de navío, en los diferentes barcos que a día
de hoy, defienden nuestras costas y lucen con orgullo el pabellón español allá
donde las misiones internacionales les requieran.
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