jueves, 29 de septiembre de 2016

Navegando con mar gruesa.

El extraño día, que no acababa de definirse, terminó por aborrascarse. Espectaculares formaciones nubosas, compuestas por enormes cumulonimbos, se fueron compactando hasta formar un todo único, de un blanco resplandeciente y que a medida que el sol se ocultaba tras la línea del horizonte, se tornaba gris plomizo, con destellos anaranjados y tenues pinceladas malva sobre mi cabeza.
En el  acantilado de perfecta verticalidad, centenares de gaviotas permanecían posadas sobre los afilados salientes rocosos enfrentando sus picos al viento, mientras que otras, planeando en la corriente dinámica, flotaban a veces completamente quietas. Algunas aves, dejándose transportar en la invisible carretera aérea, a velocidad de vértigo y compitiendo con los silbidos del viento, lanzaban sus estridentes griteríos  en una espectacular sinfonía natural.
Todo apuntaba a que una fenomenal tormenta, presagio de una mar arbolada  y consejera de permanecer al abrigo del puerto, me estuviera dejando clara su intención como intento de freno a mi osadía.
De todas formas, mi determinación era firme y aprovecharía precisamente ese momento para hacerme a la mar, pues de la cercana almadraba, era posible que merced a la tormenta, pudiera fugarse alguno de los atunes de los que con cerca de doscientos kilos, ya estaban próximos a su “recolección”.
El carrete con sedal de kevlar del 70-100/100, se encontraba dispuesto en el curricán para enganchar en su anzuelo del nueve recién empatillado, una de las hermosas caballas que todavía coleteaban vivas en el depósito de la bañera y que serían un manjar irresistible para esos auténticos torpedos vivos y compactos, que son los atunes rojos.
El fondo donde reposaba el muerto se fue enturbiando, cubriéndose de una especie de niebla submarina, como si una masa de mucílago hubiera colonizado la escasa profundidad tapizada de posidonia.
Deshaciendo el ahorcaperros que me sujetaba a la boya que flotaba en el pequeño puerto, y tras soltar la estacha del herrumbroso noray, quedé  momentáneamente a la deriva.
El motor  tosía en su bancada como un viejo asmático, haciendo vibrar el líquido acumulado en la sentina en un estertor nervioso, mientras que por el escape lanzaba a rítmicos golpeteos,  esputos de humo gris. El agua de la refrigeración también salía a trompicones por el tubo de drenaje de la banda de estribor, acompasando su “glo, glo, glo”, con el traqueteo a bajas revoluciones del veterano Perkins de cuatro mil centímetros cúbicos.
El creciente oleaje comenzó a abofetear la nave por su amura de babor, haciéndola cabecear como un potro encabritado y arrancando gruñidos de las defensas de goma en su magreo no consentido contra el cantil.
Bajo la protección de la pequeña cabina veía mi rostro reflejado en el tablero de instrumentos. Mirando más allá de mi propio reflejo superpuesto,  los relojes me indicaban que el tanque estaba lleno de gasóleo, que el motor giraba a ochocientas revoluciones y que la sonda estaba presta a reflejar en su gráfico gris, el perfil orográfico del fondo, así como la profundidad hasta el mismo.
La radio UHF mostraba con su piloto verde que estaba encendida, y sujeta con unos imanes sobre un panel metálico, Esperanza me miraba desde la foto en la que sostenía a nuestro pequeño Juanito.
Oliendo a tabaco y a anís seco, Chipirón, mi viejo camarada, saltó a bordo con una agilidad envidiable para su ya veterano esqueleto. Su huesuda y áspera mano, acostumbrada a los más rudos trabajos, zarandeó la mía como si fuera la de un niño, dándome a continuación un par de cariñosos cachetes en el omóplato y un ligero apretón en la clavícula.
Girando avante un cuarto, el motor subió de revoluciones y nos fuimos despegando del cantil antes de que una ola de más respeto, nos hiciera golpear en el cemento con la borda.
Buscando lo antes posible navegar a proa al viento, con una rápida ceñida, la embarcación comenzó a abrirse paso sobre la oscura masa de agua en movimiento, mientras un fiero mistral hacía vibrar las drizas y la antena, arrancándole agudos lamentos, como de arpa destemplada.
Con una derrota difícil de seguir, decidí guiarme por las referencias que desde siempre vengo usando, teniendo muy en cuenta los peligrosos bajíos claramente señalizados por unas balizas que parecían danzar zarandeadas por diabólicos seres marinos.
Con un peso de lastre escaso, el barco de doce metros parecía una simple brizna de paja a merced de las olas. No obstante, Chipirón, con el gorro de lana calado hasta las orejas, fumaba indolente a la caña mientras con sus ojos grises y sabios clavados en el horizonte, no mostraba ni un atisbo de temor en sus firmes y sarmentosas manos.
Una imagen de la Virgen del Carmen que buscaba permanecer estable, oscilaba colgada de un gancho como si fuera el trapecio de un suicida. Chipirón la estibó para evitar el zarandeo irrespetuoso, sujetándola con un cordel al tirador de una escotilla al tiempo que se santiguaba tres veces seguidas, como cada vez que salía a la mar desde hacía más de sesenta años.
Nada más salir del abrigo del espigón por el que brincaba rabiosa la espuma, el barco pegó un salto y en su cabeceo hocicó, hincando la proa hasta dejar la hélice girando al aire. La panza golpeó con un sordo chapoteo al tiempo que una ola barría la cubierta, regresando de nuevo al mar tras deslizarse atropelladamente por los imbornales.
Sujetándome con una línea de vida al arnés, me apresuré a cerrar la portezuela de una lumbrera de proa que en un golpe de mar, y por estar seguramente mal cerrada, había embarcado unos buenos litros de agua, haciendo que la bomba de achique se pusiera en marcha de forma automática.
A un par de millas de la costa la navegación ya se hizo algo más cómoda. Así, negociando olas en una sucesión inacabable, nos fuimos acercando a las instalaciones flotantes de la granja de atunes más productiva del Mediterráneo.
El volumen de agua que sobrepasaba la obra muerta ya era menor, lo que indicaba que quizá, el mar nos fuera a dar una tregua.
La pesca quedó en suspenso, pues al doblar el cabo, impresionante en su blancura apareció a unas pocas millas, nada más y nada menos que la silueta inconfundible del buque escuela de la Armada Española, el hermoso velero,   Juan Sebastián Elcano.
Encaramados a las vergas como si fueran avezados equilibristas, los guardiamarinas se afanaban, curtiéndose en la brega de sujetar escotas, trincar drizas y amarrar cabos, siguiendo las órdenes que desde cubierta y con el chife, ejecutaba el contramaestre.
En un decir “Jesús”, el barco, impulsado por el caballaje que imprime Eolo a sus veinte velas desplegadas y ganando barlovento se fue haciendo pequeño a nuestra vista en una escora de ángulo sorprendente ante el ataque del mistral, dejando tras de sí un blanco y efímero camino de espuma.
Chipirón y yo nos miramos y nos sentimos pequeños, diminutos en nuestro pequeño pesquero. También nos sentimos orgullosos por nuestros marinos, por esos jóvenes cadetes que en poco tiempo, surcarán los mares con sus galones de alférez de navío, en los diferentes barcos que a día de hoy, defienden nuestras costas y lucen con orgullo el pabellón español allá donde las misiones internacionales les requieran.



Javier Bastida, 30 de diciembre del 2015